sábado, 20 de marzo de 2010

La historia de Nieto. El motero sin moto que sabe encajar.

Nieto es del Atlético de Madrid y está de vacaciones en Almería, en el cabo de gata. Deambulando por la zona con su novieta (de la que ahora os cuento) ha encontrado el Jo Bar, un bar de moteros malotes absolutamente ilegal que está situado en medio del desierto, en el valle de Los Escullos, cerca del mar.
Todos los que trabajamos ahí, usamos un largo pañuelo para llevarlo entre el casco de la moto y la cabeza, este pañuelo, además de pinturero, sirve para el sudor, el frío, el polvo, etc. Es largo y su correcta colocación es todo un arte. Pues bien, después de unos primeros días de asentamiento en el nuevo medio, Nieto se coloca un pañuelo de los mocos en la cabeza en la tercera jornada. De esa guisa se acerca esa noche al Bar. Va a demostrar cuanto se ha adaptado ya a este ambiente auténtico que le estaba esperando a él y también hasta qué punto ha captado el mensaje: “Vive salvaje”

De su brazo viene Mamen, que es del Real Madrid. Ella viste desenfadadamente. Casualmente. Eso dice en una etiqueta o algo asín. Ella sí que se ha adaptado. Me trata con sinceridad de iniciado a iniciado en algo. Yo sí que la puedo comprender... y no ese garrulo de Nieto

Sí, sí. Si es que tu eres muy jipi. De siempre. -se defiende Nieto-
¿Tu qué coño dices? Que no haces más que ver la tele.
Jipi de toda la vida...no te jode –ironiza Nieto sin mirarla-
Lo único que sabes hacer majo, ver la tele...
Jasrecrisna, jarecrisnas, jarecrisnacrisnajasres...-le canta Nieto.
¡Mira!...que me pones, que es que no sé qué hacer
Anda ponme por favor otro de estos... -zanja nieto sin mirarla.-

Nieto tiene moto, pero no aquí. Está en el taller en Mandril. Pero el verano que viene ya veré ya...¡la traerá!

Imagino como escenificará él ese momento en las frías tardes de invierno en las que la gente de ciudad sueña con las vacaciones: Su moto refulgiendo bajo una luna llena de anuncio que le enmarca en semicírculo desde el horizonte marino...que estampa: Esa Yamaha virago 500 rugiendo por el desierto camino del Jobar. Llega y allí le esperamos sus verdaderos amigos. Esos amigos que son los únicos que verdaderamente le comprenden, le conocen a fondo... ¡No son sólo amigos coño! ¡Son hermanos!...Sí, sus hermanos del Jobar le esperarán. Y se acordarán perfectamente de él. De las cosas que hablaron con él durante el anterior verano. Le darán una cerveza enorme que el apurará de un trago ante la exaltación de sus hermanos salvajes y ante la impresionada mirada de una pedazo de piba...Mmmhh.

Sí joder, porque es que a la Mamen ya no la aguanta. Es que mira que es fea la tía. Y tonta del culo.. Y chacha.

Si es que, hay que joderse...me dejo la moto y me traigo a esta...
Oye imbécil, que yo me llevo a los sitios solita ¿eh?
¿Y quién conduce, eh lista, quién conduce? -Nieto encuentra un punto débil y ataca mirando a la parroquia, tal es su confianza en la pulla.- ¡Ja! ¿Y quién conduce, eh? ¡Ja, ja!
Desde luego eres idiota majo...
¡Ja, ja! Sisí Idiota, pero conduzco, ¡negada! ¡Que eres una negada! ¡Ja!
Gilipollas.
¡Ja, ja! ¿has visto, tío, como es esta piba? -intenta inmiscuirme Nieto- Me llama gilipollas porque no sabe ni hablar y sólo dice ¡TONTERIAS!

(Nieto termina su frase mirándola y ella da un golpe en la barra y se aleja susurrando, desolada...)
No aguanto más...

Esa noche Mamen sobrepasó algún tipo de límite. Se fueron juntos, porque Nieto apuró su bebida y salió tras ella después de mirarme a los ojos para conectar conmigo en el pensamiento de “como son las pibas”. El resto de su noche quedó entre ellos...y los que les rodeasen en cada momento.

Volvieron al día siguiente, pero separados. Nieto venía con otra piba. Una Morenaza. No estaba nada mal y desde luego comparándola con Mamen era Miss universo con el cerebro de Mdme. Courie. Me alegró ver la capacidad de reacción de Nieto. Cualitativamente era incuestionable la mejora. Y cuantitativamente, “un día-una piba”, no está nada mal ¿no?.

Nieto por su parte estaba viviendo una especie de anticipo del sueño que yo le había imaginado: Una buena piba, amistad profunda con sus hermanos salvajes y esa embriagadora libertad. Era como una película, no, como un video musical. Hasta notaba como el pañuelo pirata le ajustaba mejor...

Pero Nieto no tuvo demasiado tiempo para disfrutar de aquél Walhalla anticipado. Apenas diez minutos después de su llegada con la morenaza, apareció Mamen.

Eres un hijo de puta

Con un swing pugilístico de primera magnitud, Mamen le propinaba a Nieto una ensalada de hostias digna de un récord guiness. Después, con Nieto ya fuera de combate, se encaró a la morenaza.

¿y tu? -la morenaza no comprendía quién era esa loca-
¿¡Quién es esta puta!? –insiste Mamen girándose hacia Nieto blandiendo su riñonera como arma-

Nieto ni pudo responder. Había recibido una buena paliza y aún no sabía bien de dónde le había caído. Mamen se revolvió de nuevo hacia la morenaza y la atacó con saña. Qué fuerza de la naturaleza. La morenaza encajó y encajó chillando:

¿Pero quién es esta? ¡Quitádmela de encima!

Las separamos. Pero entonces Mamen volvió a por Nieto, que empezó a ver comprometida su hombría ante sus hermanos salvajes.

-¡TeviaencajarunahostiaMamenhostia! –acertó a rebuznar en su defensa.-

De nuevo les separamos.

- ¿Pero no me habías dicho que cada uno por su lao?
Sí hijoputa, pero no esto
¡Cada uno a lo suyo! ¡Cada uno a lo suyo dijistes!

Cada cierto tiempo, Mamen volvía a atacar. Ora a la morenaza, ora a Nieto. En una de ellas pudimos finalmente ver a la morenaza pelear en el polvo del desierto. Hubo un acuerdo tácito para dejarlas pelear un rato. No cupieron las apuestas. Nadie hubiese apostado contra Mamen.

El pañuelo pirata de Nieto había desaparecido de una hostia certera en la primera escaramuza. Su aspecto era ahora el de la derrota. Había ligado una buena piba en un solo día. Había encontrado su sitio con sus hermanos y veía ya empezar una nueva era. Pero Mamen le había dado de hostias y la morenaza había huido del bar... Normal, ni siquiera la había defendido... ¿Cómo saldría de la pobre de aquel desierto por la noche, sin coche?... No habrá faltado quién la lleve... Joder ¿qué iba a hacer ahora?

Mamen intentaba involucrar a todo el mundo a su favor, pero no encontró más que miradas que fingía no ver. De vergüenza se fingió también borracha y de alcohol se emborrachó de verdad en su teatrillo. Acabó tirada al fondo. Llorando y gritando de vez en cuando hacia donde ella pensaba, sin acertar, que estaba Nieto. Como esos locutores de la tv que se equivocan de cámara...

Desaparecieron finalmente del bar tras habernos obsequiado con varios bises que se alternaban en violencia.

A los dos o tres días volvieron, reconciliados.

Oye, perdonad por lo del otro día –se excusó Nieto elegante.-
- Es que llevábamos un pedo... –aportó Mamen.-

Y se volvieron a Mandril. Y de la mano hasta el coche. Sabiendo que dejaban atrás a sus hermanos salvajes. Que les esperarían. Que se acordarían de ellos, de lo importante de ellos el siguiente verano.

la llamada de lo salvaje (magnetismo telúrico)


Mariano e Inés están de vacaciones en el Parque Natural. Es invierno y no hay ningún puente o festividad a la vista. El tiempo está desapacible. Hace un poniente de cojones y en todas las orillas, justo donde rompen las olas, se forman una especie de infiernos provocados por la mezcla que el viento hace de la arena que arrastra desde el desierto, con las briznas de agua que arranca a mala hostia de las olas. Estamos en el Playazo, cerca de Rodalquilar.
Allí, precisamente, es donde Mariano ha arrastrado a Inés en esta tarde del frío mes de febrero.
Pero no precipitemos el curso de la narración: ¿de dónde salen estos dos? No hay mucha información al respecto. Sólo sé que son de Mandril. Les conozco porque hace dos noches estuvieron en el bar. Aparecieron allí porque Mariano había leído acerca de nuestro bar en “El País semanal EP[s]” y había tenido la suerte -no común a otros lectores de la misma publicación- de encontrar el garito.

Durante el invierno, el trato con los clientes es como más cercano. Eso, desde dentro de la barra, tiene un grave peligro, que es el de que el cliente se torne en una especie de demonio castigador en forma de paliza, de chapas, pero no. El caso de Mariano e Inés es distinto. Son buena gente, aunque sin mucha chispa la verdad, pero buena gente.
A Mariano le han regalado una estancia de una semana en un hotel de Rodalquilar. Nunca había estado por aquí, pero la magia del lugar ya le ha fascinado. Le ha fascinado hasta el punto de que no puede dejar de hablar de ella. Todo el rato con la magia por aquí y la magia por allá, que qué sitio más especial, que si es telúrico, que si nota ciertos magnetismos...

-¿no los notais, vosotros, eh, los magnetismos?

A Mariano también le ha dejado la mujer hace poco. Afortunadamente, a sus 40 y pico años no tenían aún hijos. Y así Mariano, en pleno proceso de recuperación, ha venido a la costa nijareña de Almería con Inés, una chica de su oficina con la que se ha liado.

Yo pienso que a Inés le gusta Mariano menos que a éste Inés. Ella es más jóven, tendrá unos 35, y no los lleva del todo mal. Aunque tengo que reconocer que viéndoles juntos, uno no se ve ante la típica pareja rumbosa. Mariano es rechonchillo y peludete de cuerpo, que no de cabeza, asolada ésta como está por la alopecia. Ella es pequeñita, con el pelo lacio y como cara de pena. Más bien parecen salidos de algún cursillo para parados. Como diría un amigo mío que es muy triunfador, “tienen pinta de fracas.”

Pues ya digo, después de haber intimado con ellos en el bar hace sólo dos noches, tengo ahora la oportunidad de espiarles desde una altura que domina el Playazo.

Hace un frío de cojones, está nublado y ha llovido hace menos de media hora. El poniente me estaba haciendo plantearme seriamente largarme de aquí. Y eso que he venido más que bien pertrechado con una buena chupa de altas solapas y un buen termo de café con leche español que voy alternando con los preceptivos porros.
Pues eso, que a pesar de todas mis sabias medidas de supervivencia extrema, el poniente me está haciendo plantearme una retirada. Encontrándome yo en estos pensamientos, veo llegar un renault laguna azul. De él se bajan los dos personajes que reconozco inmediatamente: Son Mariano e Inés. Eso me decide a quedarme un rato más. A ver qué hacen estos dos aquí con el frío que pela.

Mariano, según se baja del coche, anda unos pasos y abre los brazos en gesto de gracias a la inmensidad del oceano. Inés, claramente incómoda por el frío, se ajusta el abrigo rojo y se cala un gorro de lana hasta las cejas. Mariano la mira y le recrimina que no entre en conjunción absoluta con la naturaleza, como hace él. Ella no contesta, permanece abrigada y no quiere decir palabra alguna que pueda alargar esta absurda estancia en la playa en un día de perros como este.
Mariano, libre, se encamina a la orilla. Inés, que ya perdió la esperanza de volver a embarcarse rápidamente en el coche, se aleja de éste y sigue a Mariano a pocos pasos.
Mariano, salvaje, comenta lo feliz que sería él de poder dejar mandril y su mierda de trabajo y vivir todos los días así: libre y salvaje, como él en realidad es.

Ante la sorpresa de Inés, Mariano se despoja de la chupa abandonándola en la arena con despreocupación mientras camina en dirección al mar. Ella parece comenzar a comprender lo que se le viene encima. Recoge la prenda de su pareja del suelo y le sigue sin atreverse a decir nada que pudiera espolear el salvajismo de mariano.

El, que sabe que su pareja anda detrás, decide interiormente darle a ella una lección de lo que es la completa sintonía con la naturaleza, qué coño con la naturaleza, con el propio cosmos joder.

Así es como decide que se va a bañar. Ya verás como se va a quedar la tía esta conmigo, lo va a flipar -parece decirse para sus adentros, y continua mientras se acerca a la orilla: definitivamente, este lugar tiene algo...no sé...llámalo energía o magnetismo, o no...mejor telúrico, algo telúrico...sí... una energía telúrica...

Con esto en la cabeza, Mariano se gira hacía Inés con la intención de transmitirle su hallazgo, de compartirlo con ella, pero un primer vistazo le desanima. Inés le sigue dando pequeños e inseguros pasos sin levantar la vista del irregular suelo que pisa, evitando los charcos que él pisa, completamente a propósito, demostrando una actitud de la que ella carece.

no todos somos iguales...sólo algunos seres vivos percibimos estas cosas, es como un instinto animal...yo soy un animal, pero es que vivo en la ciudad y así, pues claro, no puedo ser felíz sin los telurismos, sin esta energía que sólo los salvajes podemos comprender...

-pues me apetece darme un chapuzón -declama flipando con la nueva seguridad que ahora disfruta

La verdad es que Inés se lo temía. Si ya sabía ella que este era un notas. A pesar de ello intenta evitar el mal rato.

Pero Mariano, kari, que hace muchísimo frío....y mira que olas, que se te llevan pa dentro
Venga, venga, si son muy pequeñitas. Tu es que no me conoces, pero yo es que soy así, que me dan ganas de bañarme y me baño....una vez en la Pedriza con Alfonso...
¿Y si te pasa algo yo que hago aquí sola? -interrumpe Inés desesperada-
Pero mujer, hay que ver como eres -se molesta el salvaje Mariano mientras se despoja del jersey- además -dice señalando hacia mi sin reconocerme- mira, allí hay un señor ¿ya está no?

Inés no ha quedado satisfecha, pero Mariano ya pugna con los pantalones, en breve estará desnudo y ella, santo cielo, ¡no puede hacer nada!

-guárdame la ropa anda -dice Mariano con gesto de conquistador que parte a las cruzadas.-

Ante la nariz de Inés, encima del resto de la ropa, yacen ahora los calcetines y los gallumbos de color carne de Mariano. Como hace mucho viento, ella se ve obligada a aplastar el burruño de ropa poniendo la mano en las prendas íntimas de Mariano. Descubre en ese preciso instante, que jamás podrá amarle.
Ajeno a todo esto, Mariano se acerca, desnudo y decidido a la orilla. Por supuesto mete barriga y trata de sacar miembro, pero le salen mal ambas cosas. Su estampa es lamentable

-ahí voy -anuncia orgulloso.-

Su primer pie entrá en contacto con el agua. Está absolutamente helada. Un escalofrío le sube por la espalda y estalla en su cuello. Le da un temblor súbito e incontrolable y su organo reproductor se encoge visiblemente. Aterrado, se gira tratando de recuperar el control y la sensibilidad de su pie y le da el reloj a ella. Ese gesto le ha permitido retrasar lo inevitable unos segundos, pero sabe que deberá zambullirse en ese mar helado y agresivo que ruge ante él. De otra manera, toda la admiración que ahora despierta en Inés desaparecerá.

-Olvidé quitarme el reloj -se excusa fingiendo una sonrisa mientras disimula los temblores.

Inés está pasando uno de los peores ratos de su vida. Este energúmeno, que la ha traido hasta aquí en un día como este, que le ha dado sus calzoncillos color carne para que se los guarde y que encima anoche se quedó como un lirón después de follarsela fatal, quiere impresionarla y el muy capullo se va a ahogar...

Mariano ya tiene los dos pies en el agua. Está completamente aterrado y su rostro lo disimula bastante mal. Está pasando también un verdadero mal rato. Además, no ve que hay un claro escalón al lado mismo de la orilla y, perdiendo pie aparatosamente, cae en él sumergiendose del todo. Se rehace del susto sin dignidad alguna, chillando como una rata, braceando como un niño asustado y tratando de salir del oceano como si estuviese escapando del Titanic, pero cuando consigue encaramarse de mala manera para salir y logra sacar su cuerpo del agua dejando su cintura al descubierto descubre algo terrorífico: Su Pene ha desaparecido. Parece que no tiene polla y sus huevos se han quedado como los de una pantera; fríos, pequeños y pegados al culo.
Mariano se siente muy avergonzado, por lo que, brúscamente, se gira de nuevo hacia el oceano negando a Inés el privilegio de la contemplación de su aparato reproductor. De esa guisa, empieza a andar por el agua, como dando un despreocupado paseo, de espaldas a Inés, alejándose de ella e intentando, por medio de algún tipo de auto control, lograr que su pene recobre al menos un aspecto no demasiado ridículo.

Inés no sabe como hacerle ver que da igual. Que el tamaño no importa. Que lo único importante es que se abrigue rápido para irse de ahí, pero él, hombre salvaje, ha emprendido ya un absurdo camino que le lleva a alejarse más y más de Inés hacia el otro extremo de la playa. En su andar, Mariano finge que juega con la arena, que contempla el bello espectáculo del temporal, así hasta que, ya con descarados tocamientos de por medio, logra dar a su pene un tamaño que él considera decente. Se da la vuelta orgulloso y repara en que Inés le ha dejado la ropa en la orilla pillada con una piedra y se ha retirado a esperarle dentro del coche. Mariano no se viene abajo, piensa que la tiene impresionada y ya se ve a si mismo poseyéndola como lo haría un salvaje en cuanto lleguen al hotel...

El jipi de costa nijareño: descripción, hábitat y una anécdota


En este parque sobrenatural de Cabo de Gata Níjar hay bastantes bares. Cada uno de ellos tiene sus cosas, sus costumbres, su música y, claro, su parroquia. En alguno en concreto, esta parroquia está compuesta de jipis. Al hablar de jipis en la costa nijareña, debemos dejar atrás conceptos como el flower power, el movimiento por la paz, la búsqueda de la felicidad en comunión con la naturaleza, o los bellos muchachos norteamericanos que se aseguraban de llevar flores en el pelo en caso de acercarse a Frisco.
No, la costa nijareña tiene la inmensa fortuna de generar un tipo de jipi muy distinto. Los de aquí viven en asentamientos como el de Tres Palmeras, la rambla de las Agüillas (de donde han sido expulsados recientemente por las fuerzas de orden, aunque según últimas informaciones algunos ya han vuelto) o el de la Cala de San Pedro (bahía cochinos, como dice un amigo mío).

Suelen vivir a bordo de viejos camiones reformados con bastante pericia y sus gustos esenciales les clasifican inmediata e irremediablemente como politoxicómanos. (A ver quién tira la primera piedra en este asunto)
Para hacerse una buena idea del rollo que llevan, éste no es muy distinto del que pueda tener cualquier otro homeless urbano. De hecho, la única diferencia con estos últimos, es que los jipis son mendigos de entorno rural.

Por si aún no ha quedado claro, a mi no me molan nada estos jipis, aunque evitando caer en generalizaciones ofensivas, debo decir que por supuesto que los hay buenos, faltaría más. Además debo reconocer que en realidad jamás he tenido un problema con ninguno de ellos. Nos ha jodido.

Sin embargo hay algunas características esenciales en el jipi nijareño que me parece imprescincible exponer en este texto costumbrista:
El jipi nijareño suele venir del norte de Europa, es guarro consigo mismo, suele ensuciar su entorno, es pendenciero cuando está mamado (es decir, todo el tiempo) y echa mano de cualquier objeto que permanezca descuidado el tiempo suficiente.

En fin, la verdad es que no hay nada nuevo bajo el sol. No son comportamientos de los que uno pueda decir que le sorprendan, o que nunca los ha visto, son cosas más bien habituales, pero la verdad parecen más propias de otros lugares, como guettos urbanos de extraradio o cárceles de mínima seguridad. Además, el entorno del parque sobrenatural da a sus costumbres un fondo que sugiere una inmediata incongruencia.

Basándome en casos reales, puedo hablar con justicia de uno de los temores que estos jipis pueden crear: El gorroneo, para mí, su caracteristica más terrorífica. Muchos son vampiros que chupan la sangre hasta que la víctima se lo afea, entonces se retiran indignados mascullando terribles ofensas del tipo "que poco se enrrolla este tío" o algo así (en el idioma que sea). Son gente que se dedica a gorronear sin fin. Viven trabajosamente de los demás

Otro tipo de vampirismo que practican es el de las almas. Buscan almas a quienes martirizar con sus interminables conversaciones, o mejor expresado, interminables monólogos. Buscan en las playas, en las calles, durante el día o la noche, alguien vivo a quién echar la chapa. Lo hacen sin piedad y sin mediar provocación o incitación alguna por parte de la víctima. (Este tema, el del vampirismo de almas, lo comparten con otros individuos que no tienen, necesariamente, que formar parte de los jipis y será tratado sin duda en P&B).

Precisando aún un poco más la descripción de las terribles chapas de estos individuos, su característica específica es la de que cada uno de ellos domina un tema a la perfección, atrapando en él a todo incauto desprevenido que cometa la imprudencia de acercarse. La víctima será avasallada durante lapsos de tiempo inhumanos con interminables charlas en las que los jipis, orgullosos, dejarán claras sus erudiciones sin pensar en absoluto en el malestar profundo que provocan.
Estos temas suelen variar entre las estrellas, los planetas o el cosmos en general; el zodíaco también es un clásico muy utilizado; el cultivo de marihuana, con todas sus pequeñas y sin duda interesantísimas peculiaridades químicas, es materia indispensable en sus monólogos y, por fin, su tema estrella: la criminal sociedad de consumo capitalista, de la que ellos, por su potencia mental y bravura vital, han sabido librarse, no como los demás, que somos todos gilipollas por no verlo. Hay una salvedad, éste último tema lo utilizan siempre y cuando no descubran la propiedad privada, en ese caso, son los primeros en tomar actitudes violentas hacia cualquiera que, por ejemplo, pasee despistado por zonas que ellos consideren como "sus tierras."

Sirvan todos estos datos como mera introducción de las impresiones que me generó el ambiente reinante en una noche de finales de octubre en un bar de Las Negras -considerada como la capital jipi del Parque Sobrenatural-.

Este bar, regentado por alemanes, recibe cada noche con valentía los empellones de una de las parroquias jipis más molestas de manejar desde dentro de la barra que uno se pueda imaginar. Al entrar y ver el ambiente, diría que éste puede recordar con toda justicia a una mezcla entre el bar que sale en La Guerra de las Galaxias, donde Luke conoce a Han Solo; los barrios bajos del Saigón de los 60; o el mercado de Baraka en el Mogadiscio de los 90... Mmmhh... ese ambiente que uno respira en cualquier guetto del mundo... ... Oh sí.

En cuanto a la parroquía, los hay tirados por el suelo, los hay que comienzan una discusión por una puta cerveza y los hay que gritan gemidos incomprensibles (yo creo que para oirse).

En un rincón hay una banda que hace un concierto acústico. Atacan versiones de Bowie con acierto, pero la parroquia jipi -en su delirio- les ignora por completo. A unos dos centimetros de la nariz del cantante, una mujer mayor y ajada se pelea con su pareja. Se empujan e insultan en alemán. Los músicos se inquietan y piden un poco de respeto. El chico, en una clara demostración de tacto y sensibilidad, coge a la vieja del pescuezo y la arrastra fuera con violencia. Ella se revuelve como una fiera atrapada y chilla logrando eclipsar el sonido de la banda.
Yo miro al dueño del bar y éste se inhibe por completo. La verdad es que no molesta tanto, da un rollo como del oeste y el llamar a los representantes de la justicia desde Las Negras resulta absurdo, por cuanto no llegarían al lugar del crímen hasta el día siguiente. Y que además paso yo mucho de llamarles.

Relajado por tal perspectiva, saboreo el espectáculo.

La vieja yace en la calle, pero tras sacudir la cabeza y recomponer sus ropas, se levanta como un resorte y vuelve a entrar con bríos renovados. Plantándose con decisión de nuevo a dos centímetros del cantante, comienza a emitir ese desagradable sonido con el que ella grita. Los perros de las cercanías protestan, con toda la razón, por que esa vieja les hace sufrir excesivamente con su emisión de raros ultrasonidos. Afortunadamente, otra vez la vuelven a echar, aunque esta vez el forcejeo es mucho más salvaje, ya que se suman a la expulsión otros jipis, de los cuales alguno resulta finalmente expulsado a su vez. Tal es la confusión en las escaramuzas.

Uno pensaría que es movida suficiente para un garito en el que hay, como mucho, unas veinte personas, pero en ese momento, otro colgao con gafas y cara de imbécil que estaba asido a la barra a mi lado, empieza a gritar como poseído mientras se mueve como con convulsiones junto a la barra. Tira vasos y empuja a otra jipi que intenta calmarle susurrándole con una voz increiblemente ronca.

Los músicos, temiendo por su integridad y la de su equipo, detienen la actuación.

En ese momento interviene Bronco, un jipi fuerte, con largas barbas y poncho a lo Clint Eastwood. Parece ocupar una posición de respeto en la comunidad. Empuja al imbécil del extraño trance hacia fuera, cruzándose en el camino con la vieja de antes, que tras haber sido expulsada por tercera vez, vuelve a entrar con rara determinación, para colocarse en el mismo sitio de antes (de donde el cantante, previsor, ya se ha retirado).

De esta forma, asisto a un continuo carrusel de jipis que entran de nuevo al bar tras haber sido expulsados por otros jipis que actúan como un improvisado servicio de orden. No logro detectar ninguna pauta concreta en las expulsiones. Tampoco acierto a distinguir bandos en litigio. Es un todos contra todos en el que las entradas y salidas se aderezan con forcejeos, gritos, lamentos y aparatosas caídas que arrastran bebidas, vasos, mesas y otros jipis.

Pronto todo se vuelve tan confuso que algunos jipis no saben si están dentro o fuera del bar. Se da incluso el caso de un multiexpulsado que finalmente ha quedado inmovilizado, aunque tambaleante, fuera del bar y ve como Bronco, el que parece líder del improvisado autoservicio de orden, lo coge de nuevo del pescuezo sin miramientos y lo arroja dentro del bar. Después de eso, Bronco percibe que algo ha ido mal en esa, su última acción, por lo que decide buscar un poco de tranquilidad que le permita poner en orden sus ideas, retirándose a su rincón de la barra, donde le espera una mujer de mirada vidriosa que le pide fuego con insistencia.

Los integrantes de la banda que antes tocaba, han logrado poner medio a salvo su equipo sorteando los tambaleos violentos de los jipis y ahora se han unido al reducido grupo de espectadores que estamos acodaos en la barra. El dueño del local está con la cabeza baja dejando que su chica, que curra con él, pegue, por fin, los primeros gritos a la aberrante parroquia. Pero ya es innecesario, los jipis están ya exhaustos tras toda esa actividad. Alguno de ellos duerme en el suelo, otros tambalean vociferando hacia la playa. Parece que todo ha terminado, al menos en este bar y por esta noche. Así que pedimos otra cerveza y volvemos a nuestras cosas. Ha estado bien.

Tiburones, musas y perros


La cala de la media luna. Es por la tarde. He venido hasta aquí para tomarme un descanso. No me apetecía hablar con nadie. Me sentía vago y quería disfrutar con las cosas que hicieran otros. La verdad es que tuve suerte porque era una de esas tardes en las que el sol resplandece por la orilla y el brillo se pasea arriba y abajo con las olas lentas. Además, como extra-bonus para una tarde de mirón, ella está ahí. Sentada al borde del mar con un enorme perro a su vera. Es preciosa, jipi y hace un calor de cojones en esta tarde almeriense que está acabando. De vez en cuando se levanta y pasea un rato, se mete un poco en el agua y demuestra cuan bella es. Se sale dejando que el mar le resbale por el cuerpo, sonriendo al perro y se sienta de nuevo junto a él. Es una jodida preciosidad que miro y remiro ya sin ningún disimulo más allá del poco que me proporcionan las gafas. El viento juega con su pelo castaño y los pocos que estamos en la playa disfrutamos muchísimo mirando la gracia de la musa que sólo está acompañada por ese gran perro que remolonea a su alrededor.
Parece un anuncio de Bacardi, pero de los buenos, de estos que te ponen en el cine antes de las pelis.
Esas son las cosas que uno encuentra en estas costas. Cosas que te pueden llevar a estados de deleite muy gratificantes. Que no hace falta participar de ellas, sólo con mirar basta.
Lamentablemente, no todos piensan así. En este escenario idilico irrumpe otro personaje: es un verdadero tiburón de playa. Viste también al estilo jipi tan de moda en estas tierras. Sin mariconadas, reconozco que el tío es atractivo; es alto, delgado, fibroso, está muy moreno -casi calcinado- y sus pensamientos se pueden leer como los carteles de una autopista: Inmediatamente, por encima de los otros ocupantes de la playa, se destaca a sus ojos la estampa de la bella musa que mira al mar con su perro.
El nuevo personaje es un viejo zorro. Calcula bien su jugada. No en vano se le reconocen numerosos éxitos en su sólida carrera de tiburón de playa en la submodalidad jipi enrrollado. Por que él lo vale y porque no es como los demás, hará algo distinto. ¿por qué interpelar a la musa con alguna sandez teniendo abierto otro puerto que los demás -borregos inexpertos- jamás usarían?
No es un tiburón cualquiera y hará valer su experiencia: Ha descubierto la puerta de entrada al paraíso sexual que esa musa sin duda le tiene reservado a él: El perro, el perro de la musa será la puerta de entrada.

Con los ojos entornados y la cara contraída en una mueca de depredador elabora su plan. Quiere que el encuentro con la musa sea casual, sin nada forzado. Lo cierto es que de nuevo tengo que reconocer que el tipo sabe lo que se hace. Aunque había irrumpido en la playa casi justo por detrás de la musa, acelera el paso a su espalda unos doscientos metros para aparecer en el posible campo visual de su objetivo en la orilla, lo más a la derecha que permite la pequeña cala. Desde ahí se acerca lentamente, como haciendo ver que ha surgido espontaneamente de las rocas. Se para de vez en cuando, fingiéndose absorto por alguna circunstancia marina, reanudando el paso con lentitud para volver a detenerse. Me admira su forma de echar el anzuelo, aunque la musa no demuestra aún ningún síntoma de interés.

A pesar de ello, como buen profesional, el tiburón sigue y sigue acercándose. Sabe que tiene un as en la manga que no fallará. Y efectivamente, ahí iba su baza, su as de la manga, saltando, ladrando y jadeando contento hacia el tiburón.

Nuevamente me siento admirado por el saber estar del tipo. Cuando ve al perrazo acercarse, en vez de titubear buscando una escapatoria como hubiera hecho yo o cualquier persona razonable precupada por su integridad física , él se agacha y con su sonrisa más encantadora recibe la embestida del enorme animal. Ambos ruedan aparatosamente por la orilla tras el golpe, aunque el tiburón sabe caer con cierto estilo, con una agilidad que sólo se puede adquirir practicando la capoeira.

Fue admirable. El plan del tiburón salía perfectamente. La musa mira en su dirección ... y ríe. El tiburón se da cuenta y redobla sus esfuerzos. Se deja, literalmente, la piel. El perro está ya asombradísimo de haber encontrado tan formidable y entregado compañero de juegos, por lo que también actúa más allá de lo normal.
Ambos generan un espectáculo impresionante. El se arrastra, gruñe, muerde y salta. El perro corre alrededor, se mete en las olas, se deja hacer cosquillas violentas... La musa mira de vez en cuando con simpatía. El tiburón ya lo da por hecho, pero no se confía. Aún jugará unos minutos más con el enorme animal entre el barro de la orilla antes de siquiera acercarse a la musa y dirigirle la palabra.

Mientras, los pocos espectadores de la playa ya no miramos a la musa. La épica que el tiburón nos logra transmitir a través de sus viriles juegos con el gran animal nos tiene a todos fascinados. Sin embargo, algo ocurre; la musa se ha levantado y se encamina al lugar de la violenta escaramuza playera. Es verdaderamente preciosa. El viento le pega la leve ropa que lleva y todos los mirones de la playa suspiramos por sus tetas.

El tiburón la ve e interrumpe -sólo por un segundo- sus juegos salvajes para echarle un buen vistazo, pero es un profesional y, animado por el vaivén de esas tetas que sabe que pronto serán suyas, redobla aún sus esfuerzos en los juegos con el animal. Este, por su parte, ha entrado ya en una escala de juegos que rayan en la violencia, por lo que el cuerpo del tiburón comienza a resentirse en forma de rasguños y dentelladas de intensidad media, pero no importa, está a punto de conseguirlo.

La musa se le acerca y se le acerca. Ya está a sólo unos pasos. El lo sabe y se plantea que, después de todo, no se lo pondrá fácil a la musa. La pelea con el mastín nos traslada a todos a sensaciones clásicas de una novela de Jack London. Ya hay sangre, tal es la intensidad en la que está envuelto el tiburón al que, no sin cierta jodienda, pienso que ya todos damos por triunfador.

La musa llega a su altura, se detiene sonriendo y hace una pequeña carantoña al mastín, que no le hace mucho caso porque ya sólo tiene ojos para el cuello del tiburón, que sin duda sueña con desgarrar jugando, sin maldad, como hacen esas cosas los perrazos.

El tiburón la mira desde el suelo logrando sonreír con cierta afectación mientras sujeta dificultosamente con toda la fuerza de sus brazos, plenos de babas, al mastín que se le tira a la yugular.

Toda la desolación del universo aparece en sus ojos cuando la musa, tras la leve caricia al perro, reanuda su camino despacio rumbo a la salida de la playa.

Todos nos hemos quedado boquiabiertos. La musa anda tranquilamente hacia el aparcamiento donde la espera su pequeño coche. Reparamos igualmente en que su culo es también un portento. Arranca y se va dejando una nube de polvo que se eleva en silencio.

Giramos entonces la vista hacia el tiburón que mira la escena desolado. Está roto. El perro sigue jugando frenético, empujándole entre las olas de la orilla, saltándole encima y mordiéndole.

Todos los testigos, aparte de mi, otras tres o cuatro personas y quizá uno o dos pajilleros, reparamos entonces en el error cometido por el tiburón: El perro no era de la musa. El jodido perro NO era de la musa. Todos reimos por lo bajo, no es para menos. Incluso nos buscamos con la mirada a lo lejos para compartir las risas. Las olas que aún golpean al tiburón parecen reir con nosotros. El perro -ajeno y elevado al paroxismo de la diversión por el tiburón de playa- insiste en sus juegos y no se explica porqué éste ahora le rechaza sin ningún interés y con brusquedad.

El tiburón mira entonces por turno a todos los que sabe que hemos presenciado su humillación. Yo le aguanto la mirada porque el cabrón lo tiene merecido. Por capullo, por mierda y gracias a Dios que no consiguió a la musa. Se sale de la orilla y echa a andar camino de San José empapado, lleno de babas, de barro y con el perro revoloteando a su alrededor. Parece que ha encontrado un fiel amigo que siempre le recordará su sonado fracaso en una tarde de sol en la media luna.